viernes, 26 de octubre de 2012

EMMA  ZUNZ

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz. 

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.  

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. 

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. 

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. 

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre "el desfalco del cajero", recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. 

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. 

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. 

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... 

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado ("He vengado a mi padre y no me podrán castigar..."), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. 

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

viernes, 12 de octubre de 2012

UN DÍA ANTIGUO A LA VUELTA DE LA ESQUINA
Cuando los dorados rayos del sol aparecían por los imponentes y mágicos nevados de nuestra Cordillera, los rudos pies de los hombres del incaicos eran puestos en las ojotas para pisar fuerte y no tambalear ante el trabajo que les esperaba, pero más que las ojotas, les ayudaba los ánimos y el amor por sus fértiles tierras.
Ya levantados, cerca de un ojo de agua hacían el Challaco chacchando  coca hasta que sus dientes cambien de su color natural a un verde medio negrizco,  con un cuchillo abrían el débil cuello de una tierna llama y con un aríbalo de chicha de jora, realizaban el pago a la Pachamama, esperando de ella la reciprocidad para empezar bien el día y obtener buenas cosechas.
Cargando al hombro su  chaquitaqlla, se dirigían a sus chacras admirando el lugar fantástico en donde vivían. En su camino se cruzaban grandes manadas de gordas y bien vestidas alpacas, a sus costados se encontraban las llamas comiendo el más puro pasto que podía existir, los pichones les cantaban las más dulces melodías y el majestuoso cóndor, desde el cielo, les hacía sombra con sus gigantescas alas. Veían a los más bellos gigantes, unos,  cubiertos con un poncho verde y a otros con un manto blanco, buscaban en el cielo azul su futuro y en la tierra hacían su historia. Maravillados por los verdaderos tesoros de sus tierras, llegaban con más entusiasmo a labrar la tierra.
La emoción les invadía con cada labrada que hacían a la tierra, sus corazones latían más fuerte y su acelerada respiración no era de agotamiento, sino de alegría, pues trabajaban sin codicias ni envidias, porque lo más importante para ellos era ser agradecidos por la bondadosa tierra que les había dado la Pachamama. Sembraban los granos y le echaban de guano sardinas y anchovetas o hojas caídas de algarrobo, pero lo que más alimentaba sus semillas eran las buenas energías conque eran arrojadas.
Descansaban un rato para comer un delicioso chuño con bastante ají que hacía que sus bocas se adormecieran y que su lengua pida unos deliciosos tragos de chicha. Después de terminar el chuño, comenzaban con el segundo plato, que era  un locro con carne de llama. Lo saboreaban y como todo peruano, se chupaban los diez dedos, pues las mujeres desde antes cocinaban con una magia en las manos que convertían todo ingrediente en un manjar.
Reiniciaban su trabajo con muchas ganas y masticando su coca no paraban hasta terminar. Cada surco terminado de la chacra, era el inicio de una canción, una canción en donde estaba todas sus esperanzas de que su mundo nuca cambie, que siga igual de generoso y que cada día se muestre en todo su esplendor, pues para ellos el Tahuantisuyo no tenía comparación. Su tierra era la tierra de los dioses.
Al terminar, se regresaban con el mismo entusiasmo con el que comenzaron. Felices de haber ayudado con su destino a la tierra, felices de haber cumplido con el trato que hicieron a la Pachamama, felices, porque los suyos comerán el fruto de su esfuerzo. Regresaban por el mismo camino, recibiendo los agradecimientos de los pájaros, las llamas, las alpacas y el cóndor, quien mandado por la madre tierra, supervisaba el valeroso trabajo que realizaban.
Antes de acostarse, veían en cada estrella una chacra. Las más brillantes eran las que pronto se cosecharán y las apagadas, las que serán trabajadas muy pronto. Con los ojos brillantes se despedían de la Killa y le pedían que les proteja mediante sus profundos sueños.
El obrero inca, realizaba su trabajo como en nuestros tiempos lo hacen las personas andinas: con cada gota de sudor vestida de grandeza, con cada pisada que estremecía la tierra de esfuerzo y con una labrada perfecta a la tierra para que salga la mejor cosecha. 

viernes, 5 de octubre de 2012


DE DIABLO A ÁNGEL


El día en que nació, los cielos oscurecieron, las nubes se juntaron, los vientos soplaron hasta tumbar a los árboles más antiguos y el aguacero hizo que el río rebalsara bañando el pastizal de las vacas. Parecía el fin del mundo.
Por el día en que nació, los pobladores de la ciudad de Celendín, principalmente las supuestas adivinas o más conocidas como brujas, pensaban que había llegado el anticristo o un mensajero del mal. Presagiaban que el fin de la humanidad estaba marcada con la llegada al mundo de Juan Guerra Romero, pero las buenas acciones de éste personaje muy pronto empezarían hablar bien de él. 
De niño era como una esponja, pues absorbía toda la educación y los buenos modales que le enseñaban sus maestros y ponerlos en práctica no era ningún desafío para él.
A sus 9 años hizo su primera acción memorable-ya había hecho otras, como ayudar a una anciana a cruzar la calle o recoger flores del campo para las señoras que no tienen dinero para comprar y quieren adornar las tumbas de sus muertos- por la cual empezaría a ser querido por los pobladores de la ciudad. 
Bañándose en el río con sus amigos, ocurrió algo que nadie se lo esperaba y peor aún, ninguno tenía conocimientos para enfrentar dicha situación. Las aguas calmadas y cristalinas del río empezaron a ponerse turbias y el caudal comenzó a aumentar- todo indicaba que había llovido en una zona cerca a pueblo- y en el río solo estaban él y su amigo Dávid, los demás estaban en la orilla. De un momento a otro Dávid desapareció y Juan al no encontrar a su amigo con la mirada se puso a buscarlo como loco, pues temía lo peor. Después de varios minutos de búsqueda lo encontró agarrado de los pastos con mucho miedo, era tanto su miedo que no podía ni hablar. Con el esfuerzo de los demás sacaron a Dávid y lo hicieron sentar para que Juan lo cargara en su espalda hacia el hospital.
En el pueblo la gente vio como el niño llamado mensajero del mal por las charlatanas de la ciudad llegaba al hospital con su amigo en la espalda. Era la novedad del momento o mejor dicho el chisme que todos querían saber. El hospital se llenó de personas.
El único médico que había en el centro de salud atendió de inmediato a Dávid, pues había ingerido bastante agua y estaba inconsciente. Los familiares, que llegaron avisados por los vecinos, estaban muy preocupados.
Después de dos horas el doctor avisó en el buen estado de recuperación que se encontraba Dávid y los agradecimientos a Juan no se hicieron esperar. Desde ese momento fue visto con otros ojos por la población entera de Celendín.
Juan fue creciendo y realizando buenas acciones y ganándose todo el cariño de la gente.
Ahora a sus 52 años es muy respetado y recuerda como una anécdota lo sucedido, además es maestro y enseña en la misma escuela en donde se comenzó a formar.
Es muy grato para él que los niños lo llamen "papá Juan", pues con eso su vida se llena de felicidad y su alma rejuvenece.