viernes, 12 de octubre de 2012

UN DÍA ANTIGUO A LA VUELTA DE LA ESQUINA
Cuando los dorados rayos del sol aparecían por los imponentes y mágicos nevados de nuestra Cordillera, los rudos pies de los hombres del incaicos eran puestos en las ojotas para pisar fuerte y no tambalear ante el trabajo que les esperaba, pero más que las ojotas, les ayudaba los ánimos y el amor por sus fértiles tierras.
Ya levantados, cerca de un ojo de agua hacían el Challaco chacchando  coca hasta que sus dientes cambien de su color natural a un verde medio negrizco,  con un cuchillo abrían el débil cuello de una tierna llama y con un aríbalo de chicha de jora, realizaban el pago a la Pachamama, esperando de ella la reciprocidad para empezar bien el día y obtener buenas cosechas.
Cargando al hombro su  chaquitaqlla, se dirigían a sus chacras admirando el lugar fantástico en donde vivían. En su camino se cruzaban grandes manadas de gordas y bien vestidas alpacas, a sus costados se encontraban las llamas comiendo el más puro pasto que podía existir, los pichones les cantaban las más dulces melodías y el majestuoso cóndor, desde el cielo, les hacía sombra con sus gigantescas alas. Veían a los más bellos gigantes, unos,  cubiertos con un poncho verde y a otros con un manto blanco, buscaban en el cielo azul su futuro y en la tierra hacían su historia. Maravillados por los verdaderos tesoros de sus tierras, llegaban con más entusiasmo a labrar la tierra.
La emoción les invadía con cada labrada que hacían a la tierra, sus corazones latían más fuerte y su acelerada respiración no era de agotamiento, sino de alegría, pues trabajaban sin codicias ni envidias, porque lo más importante para ellos era ser agradecidos por la bondadosa tierra que les había dado la Pachamama. Sembraban los granos y le echaban de guano sardinas y anchovetas o hojas caídas de algarrobo, pero lo que más alimentaba sus semillas eran las buenas energías conque eran arrojadas.
Descansaban un rato para comer un delicioso chuño con bastante ají que hacía que sus bocas se adormecieran y que su lengua pida unos deliciosos tragos de chicha. Después de terminar el chuño, comenzaban con el segundo plato, que era  un locro con carne de llama. Lo saboreaban y como todo peruano, se chupaban los diez dedos, pues las mujeres desde antes cocinaban con una magia en las manos que convertían todo ingrediente en un manjar.
Reiniciaban su trabajo con muchas ganas y masticando su coca no paraban hasta terminar. Cada surco terminado de la chacra, era el inicio de una canción, una canción en donde estaba todas sus esperanzas de que su mundo nuca cambie, que siga igual de generoso y que cada día se muestre en todo su esplendor, pues para ellos el Tahuantisuyo no tenía comparación. Su tierra era la tierra de los dioses.
Al terminar, se regresaban con el mismo entusiasmo con el que comenzaron. Felices de haber ayudado con su destino a la tierra, felices de haber cumplido con el trato que hicieron a la Pachamama, felices, porque los suyos comerán el fruto de su esfuerzo. Regresaban por el mismo camino, recibiendo los agradecimientos de los pájaros, las llamas, las alpacas y el cóndor, quien mandado por la madre tierra, supervisaba el valeroso trabajo que realizaban.
Antes de acostarse, veían en cada estrella una chacra. Las más brillantes eran las que pronto se cosecharán y las apagadas, las que serán trabajadas muy pronto. Con los ojos brillantes se despedían de la Killa y le pedían que les proteja mediante sus profundos sueños.
El obrero inca, realizaba su trabajo como en nuestros tiempos lo hacen las personas andinas: con cada gota de sudor vestida de grandeza, con cada pisada que estremecía la tierra de esfuerzo y con una labrada perfecta a la tierra para que salga la mejor cosecha. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario