UN DÍA ANTIGUO A LA VUELTA DE LA ESQUINA
Cuando los dorados rayos del sol
aparecían por los imponentes y mágicos nevados de nuestra Cordillera, los rudos
pies de los hombres del incaicos eran puestos en las ojotas para pisar fuerte y
no tambalear ante el trabajo que les esperaba, pero más que las ojotas, les
ayudaba los ánimos y el amor por sus fértiles tierras.
Ya levantados, cerca de un ojo de
agua hacían el Challaco chacchando coca
hasta que sus dientes cambien de su color natural a un verde medio negrizco, con un cuchillo abrían el débil cuello de una
tierna llama y con un aríbalo de chicha de jora, realizaban el pago a la
Pachamama, esperando de ella la reciprocidad para empezar bien el día y obtener
buenas cosechas.
Cargando al hombro su chaquitaqlla, se dirigían a sus chacras admirando
el lugar fantástico en donde vivían. En su camino se cruzaban grandes manadas
de gordas y bien vestidas alpacas, a sus costados se encontraban las llamas
comiendo el más puro pasto que podía existir, los pichones les cantaban las más
dulces melodías y el majestuoso cóndor, desde el cielo, les hacía sombra con
sus gigantescas alas. Veían a los más bellos gigantes, unos, cubiertos con un poncho verde y a otros con un
manto blanco, buscaban en el cielo azul su futuro y en la tierra hacían su
historia. Maravillados por los verdaderos tesoros de sus tierras, llegaban con
más entusiasmo a labrar la tierra.
La emoción les invadía con cada labrada que hacían a
la tierra, sus corazones latían más fuerte y su acelerada respiración no era de
agotamiento, sino de alegría, pues trabajaban sin codicias ni envidias, porque
lo más importante para ellos era ser agradecidos por la bondadosa tierra que les
había dado la Pachamama. Sembraban los granos y le echaban de guano sardinas y anchovetas
o hojas caídas de algarrobo, pero lo que más alimentaba sus semillas eran las
buenas energías conque eran arrojadas.
Descansaban un rato para comer un delicioso chuño
con bastante ají que hacía que sus bocas se adormecieran y que su lengua pida
unos deliciosos tragos de chicha. Después de terminar el chuño, comenzaban con
el segundo plato, que era un locro con
carne de llama. Lo saboreaban y como todo peruano, se chupaban los diez dedos,
pues las mujeres desde antes cocinaban con una magia en las manos que convertían todo
ingrediente en un manjar.
Reiniciaban su trabajo con muchas ganas y masticando
su coca no paraban hasta terminar. Cada surco terminado de la chacra, era el inicio
de una canción, una canción en donde estaba todas sus esperanzas de que su
mundo nuca cambie, que siga igual de generoso y que cada día se muestre en todo
su esplendor, pues para ellos el Tahuantisuyo no tenía comparación. Su tierra
era la tierra de los dioses.
Al terminar, se regresaban con el mismo entusiasmo
con el que comenzaron. Felices de haber ayudado con su destino a la tierra,
felices de haber cumplido con el trato que hicieron a la Pachamama, felices,
porque los suyos comerán el fruto de su esfuerzo. Regresaban por el mismo
camino, recibiendo los agradecimientos de los pájaros, las llamas, las alpacas
y el cóndor, quien mandado por la madre tierra, supervisaba el valeroso trabajo
que realizaban.
Antes de acostarse, veían en cada estrella una
chacra. Las más brillantes eran las que pronto se cosecharán y las apagadas,
las que serán trabajadas muy pronto. Con los ojos brillantes se despedían de la
Killa y le pedían que les proteja mediante sus profundos sueños.
El obrero inca, realizaba su trabajo como en nuestros
tiempos lo hacen las personas andinas: con cada gota de sudor vestida de
grandeza, con cada pisada que estremecía la tierra de esfuerzo y con una
labrada perfecta a la tierra para que salga la mejor cosecha.
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