EL CAMINAR DE UNA BUENA PERSONA
El
único ser que deja sus huellas por donde pasa.
Las
rajaduras de sus talones y la exagerada anchura de sus pies demuestran
claramente que es la única persona que recorre a diario todas las angostas
calles del pueblo de Sucre, una emergente campiña ubicada a 15 minutos de la
ciudad de Celendín.
Nadie
sabe en donde nació. Nadie conoce a su familia. Lleva deambulando años por el
pueblo que es conocida por la persona más longeva y por el niño que pronto
nacerá. Son tantos años que lleva
rondando que ha visto al pueblo perder sus habitantes y llenarse de nuevos. Ha
visto pasar a alcaldes como a burros con leña para venta.
Lleva
siempre en sus hombros a sus compañeros más fieles, dos costales viejos en
donde guarda sus harapos y los panes que
recibe de la gente caritativa del pueblo. Siempre luce sus pantalones agujereados en las rodillas y en
las piernas. Su camisa, en parte desbotonada, siempre está rota de los codos y
una manga más subida que la otra. Su
cabello ensortijado, que sirve de instrumento de práctica para las personas
que quieren a prender peluquería, guarda
el polvo de toda la semana, de toda una semana más caminando.
Temprano,
al alba, está caminando por las veredas, seguido por más de media docena de
perros, pues estos olfatean el olor de
la comida que le regalan. Cargando sus costales elige en donde desayunar, es la
única persona que puede hacer esto en ese pueblo. No sabe si hacerlo en la casa
de la esquina o de la derecha o la casa
de la vuelta o podría desayunar en la misma casa del alcalde, pero él modestamente se va a
donde es mejor tratado: una casa humilde de la cual solo podría recibir un pan
con café y mucha felicidad y amor.
Con
sus ojos inmensamente azules agradece el desayuno del día y se pone a contar
sus chistes, chistes que con tal solo ser mirados causa mucha risa. Aunque su
vestimenta luzca lleno de agujeros, es muy limpio. Lava su ropa en una acequia
de aguas cristalinas y lo pone a secar en los montes.
Como
un niño, pues tampoco nadie sabe su edad, juega con sus maderas a armar un
arado para ponerse a arar por el pasto y pone de toros a un par de corontas que
recoge de las cosechas de maíz y se pone a gritar como si fueran verdaderas
reces. Después de su faena, trabajar la tierra, se pone a cantar, canta junto
con los pajarillos y su voz es interpretada y conocida por todos aunque no diga mucho.
Antes
de irse a almorzar, otra toma de decisiones para él, se pone a dormir. Se
recuesta de espaldas en la llanura verde, coloca sus manos cruzadas a la altura
de su pecho y cierra sus ojos color del cielo serrano. Ya dormido, empieza a
hacer gestos y nos revela sus sueños en ellos. Se abraza solo y se acaricia el
rostro, rostro que lleva arrugas marcadas por el tiempo.
Después
de descansar y soñar con lo que más quiere, amor y cariño, recoge sus cosas, se
despide con una frágil movida de manos y se dirige a escoger una casa para
almorzar, una casa en donde reciba, por lo menos, un poco de su sueño.
A
paso lento llega a una de las casas en donde es bien recibido. Casi todas las
familias, por no decir todas, cuentan con un plato y un cubierto exclusivo para
él. Se sienta en la puerta y espera su rico potaje. Coloca su plato en sus
piernas y empieza a saborear con la mano izquierda, come y come hasta lamer el
plato y demuestra su buena educación al lavar su plato y su tenedor.
Después
de saciar el hambre, se tira otra siesta para levantarse con buenos ánimos para
jugar con los perros y seguir caminado. Su destino era recorrer todo el pueblo,
como si fuese el supervisor de la ciudadanía. Caminaba y en donde se cansaba se
ponía a dormir. Una vida envidiable para muchos en ese pueblo.
En
la noche, después de cenar en otra casa de su gusto, busca en donde dormir.
Alumbrado por la luna y las estrellas, acomoda sus costales, uno de almohada y
el otro de frazada. Se acomoda como un niño pidiendo abrigo, pues el único
calor que tiene es el de los perros. Junta sus manos y agradece a Dios por un
día más de vida, le agradece en sus pensamientos, pues es mudo y no puede
pronunciar, más que una o dos palabras.